A propósito del animal vivo como juguete – Félix Pérez-Hita

El juego es más viejo que la cultura; los animales no esperaron a que el hombre les enseñara a jugar. Los animales juegan lo mismo que los hombres. Todos los rasgos fundamentales del juego se hallan presentes en el de los animales. Basta con ver jugar a unos perrillos. Parecen invitarse mútuamente…

(Johan Huizinga: Homo Ludens, 1938)

 

Tiene razón Huizinga: los hermanos de una camada juegan entre ellos (1). El gato juega con el ratón y la leona atrapa un cervatillo vivo para que sus cachorros jueguen con él, como para entrenarlos. A falta de ratón, el gato prolonga sus juegos con insectos, lagartijas, pajarillos o, si faltan juguetes vivos, con bolas, telas, plumas, etc. Las tiendas especializadas en animales (igual que internet) ofrecen multitud de juguetes para mascotas. Pero, igual que para el cachorro humano, también para los animales lo más atractivo es un juguete vivo, que quizá acaben matando. A nuestros ojos el juego del gato con otro animal parece cruel, pero veremos más abajo como el niño (y a veces el adulto) participa de esa crueldad lúdica.

Los animales pueden hacer de juguetes de muchos tipos: para salir a cazar o de paseo, para lanzarles palos o pelotas que nos devuelvan, para montar sobre ellos, para acicalarlos y exhibirlos, para acariciarlos y sobarlos, para escucharlos cantar o hacer que se peleen o, simplemente, tenerlos en casa como compañía u objeto decorativo. Podríamos decir que ese uso de los animales vivos como objetos de entretenimiento es casi un universal. Quizá haya culturas que no han conocido nunca algo parecido a la mascota doméstica, un animal cuya única función es la de hacer compañía y distraer a niños y adultos, pero en el caso de que existiera tal tribu se trataría sin duda de una excepción. Homero ya habló de Argos, el perro de Odiseo, el primero en reconocerlo cuando vuelve de sus viajes bajo el aspecto de un vagabundo. Hay muchos documentos que demuestran cómo en la antigüedad romana era habitual el animal doméstico: Regulus, abogado rival y enemigo de Plinio el Joven, había consentido a su hijo todos los caprichos: “Le construyó una pajarera cantarina y parlanchina de mirlos, ruiseñores y papagayos. Le compró perros de todas las razas. Le consiguió ponis galos para tiro y para montar.” (2). Pero no hace falta ser un adinerado occidental de cualquier época para disfrutar de la compañía de las criaturas que ofrece la naturaleza. Lévi-Strauss, en Tristes trópicos, comenta el uso recreativo que hacían los nambiquara de muchos animales.

“No puedo dejar a los niños sin decir una palabra sobre los animales domésticos, que viven en relación muy íntima con ellos, y además son tratados como niños: participan de las comidas, reciben los mismos testimonios de ternura o de interés -despiojamiento, juegos, conversaciones, caricias- que los humanos. Los nambiquara tienen numerosos animales domésticos: en primer lugar perros, gallos y gallinas, que descienden de los que fueron introducidos por la Comisión Rodon; y monos, loros, pájaros de diversas especies y, en ocasiones, cerdos y gatos salvajes o coatíes. Sólo el perro parece haber adquirido un papel utilitario entre las mujeres, para la caza con palo; los hombres no se sirven jamás de ellos para la caza con arco. Los otros animales son criados con un fin de diversión. No se los come, los huevos de gallina nos se consumen (por otra parte, los ponen en el matorral), pero no titubean en comerse un pajarito si muere después de una tentativa de aclimatación.

En los viajes, todos los animales, salvo los capaces de caminar, son embarcados con el resto del equipaje. Los monos, agarrados a la cabellera de las mujeres, las cubren de un gracioso casco viviente, prolongado por la cola enrrollada alrededor del cuello de la portadora. Los loros y las gallinas se cuelgan de la parte superior de los cuévanos, y otros animales son llevados en brazos. Ninguno recibe una comida abundante; pero tienen su parte hasta en los días de escasez. A cambio, constituyen un motivo de distracción y esparcimiento para el grupo.” (3)

Las tribus descritas por Lévi-Strauss viven con sus animales domésticos de manera menos prepotente que los occidentales modernos, los respetan mucho más. Subrayemos la equiparación nambiquara entre niños y animales. El niño se encuentra más cerca del animal, en el buen sentido, que el adulto. El aprendizaje motriz del cachorro humano es más lento y trabajoso que el de muchos mamíferos, y su falta de lenguaje es otro rasgo que los asemeja.

Todo niño es una fiera,

eso lo sabe

cualquiera.

Isabel Escudero (4)

Anselm von Feuerbach nos cuenta esto de Gaspar Hauser, el llamado “huérfano de Europa” o “niño sin patria”: “Durante mucho tiempo no hizo diferencia alguna entre los animales y los hombres, y no los distinguía más que por su aspecto. Por eso se indignaba al ver cómo el gato comía sólo con su boca, sin usar las manos. Intentó enseñarle a comer con sus patas y a mantenerse erguido, y para ello, le hablaba como a un semejante y estaba muy descontento por la indiferencia del animal a sus lecciones y sus consejos. Por el contrario, alabó vivamente la obediencia de un perro. Al ver un gato gris, preguntó porqué no se lavaba para ponerse blanco. Le chocaba mucho que los caballos, bueyes, perros ensuciaran las calles en lugar de usar el retrete como él. Si alguien explicaba que los animales eran incapaces de hacer todo lo que les pedían, siempre tenía la misma respuesta preparada: que aprendieran también, él había aprendido mucho ya, y todavía le quedaba mucho por aprender.” (…) Por lo demás, solía preguntar a propósito de todos los objetos, naturales o no, que le chocaban: “¿Quién los ha hecho?” (5).

Esa insistencia de Hauser en saber quién había hecho las cosas que le parecían más sorprendentes (también el cielo estrellado) parece confirmar una potente tendencia humana a imaginarse las cosas naturales como creadas. Más aun cuando Hauser nunca entendió la idea de Dios. Lo que en el arte logrado parece no-intencional, no creado, sino como cosa hecha por la naturaleza, más descubierta que inventada, tiene su otra cara en las cosas naturales que parecen creadas por alguna voluntad clara y decidida. Bien es cierto que Gaspar tampoco distinguía al principio entre seres animados e inanimados, como demuestra el episodio de los caballos de juguete.

En muchos retratos de niños de familias nobles o burguesas estos suelen estar acompañados de juguetes que representan animales o de animales domésticos cuya principal función era distraerlos y también, en cierto sentido, educarlos. La omnipresencia del juego en Alicia a través del espejo no olvida ese carácter de juguete viviente que tienen las mascotas para los niños. Recordemos los gatitos del principio, uno blanco y y el otro negro, con los que habla Alicia, regañando al negro por haber deshecho jugando el ovillo de lana que ella estaba recogiendo antes de dormirse; hablando con ellos como si la entendieran, como muchas niñas hablan con sus muñecas, montándose películas como solo los niños y los locos saben hacerlo. Es evidente la función educadora del juguete que representa la mascota, sobre todo en la formación del sentido de la responsabilidad en el niño. Porque los animales son juguetes, pero también algo mucho más serio que un juguete; un juguete con el que no se juega. El niño aprende los límites de su libertad jugando con animales.

Que no, juguete, que no,

que a ese juego

no juego yo.

Esos versos de Isabel Escudero se los dice el niño a su juguete, y qué verdad es que muchos niños, igual que se apañan con cualquier cosa para sus juegos, le encuentran también otras utilidades a esos juguetes que, pulsando un botón, parecen jugar ellos solos. El único juguete que de verdad puede negarse a jugar a lo que se le quiere someter desde arriba es el animal doméstico, porque el animal tiene un grado de autonomía que le da cierta apariencia de libertad. El niño quizá mata animalillos salvajes por el mismo motivo que destroza su juguete, como en el famoso texto de Baudelaire. Hablaremos de los niños crueles, o de las tendencias a la crueldad de cualquier niño, pero el niño menos dado a imponer su voluntad quizá adquiera con el animal el hábito de respetar sus estados de ánimo o, simplemente, los distintos momentos para cada cosa que los animales, como las personas, tienen a su manera. Una de los placeres de vivir con un animal es, seguramente, ese someterse a su tempo. Paradójicamente el animal, estando obligado por sus instintos y sus necesidades más perentorias, aparenta libertad al no estar sometido las esclavitudes que padecemos nosotros como humanos. Otro de sus beneficios tiene que ver con la ternura y es el que hace que no nos cansemos de acariciarlos y sobarlos, actividad mediante la cual sentimos muchas veces, por una suerte de fantasía muscular, ese indudable placer reflejo que comenta Ferlosio en algún lugar, ilustrándolo él con el ejemplo del placer de tapar bien a un niño que duerme.

Cualquiera que decide convivir con un animal durante una época de su vida (a veces muchos años) entra a formar parte de un experimento en que él es tanto el observador como parte integrante o cobaya. La mascota y su dueño, aunque no se fijen demasiado, acabarán conociéndose el uno al otro como si se hubieran parido. Veamos lo que escribía de sus animales domésticos un observador atento, Charles Darwin: “Cuando un caballo desea dar un paseo hace lo que más se asemeja a caminar, es decir, patear el suelo. Ahora bien, cuando un caballo se haya en el establo a punto de recibir la comida y ansioso por tener su grano, patea el pavimento o el lecho de paja. Dos de mis caballos se comportan de este modo cuando ven u oyen que se les da grano a sus vecinos. Aquí nos hallamos ante un caso que podríamos calificar de verdadera expresión, dado que golpear el suelo es reconocido universalmente como signo de impaciencia.” (6). Para el gato con el que vivo, que no patea para que se le dé de comer, sino que maúlla insistentemente, no es un metrónomo lo que le dispara las glándulas salibares, como lo era para los perros de Pavlov, sino el ruido de su tarro de pienso que, como un resorte mecánico, le hace salibar, supongo, sin que él pueda hacer nada para evitarlo. También he comprobado que podemos provocarle el ronroneo con sólo emitir el ruidillo con que solemos acompañar las caricias, como si se tratara de un acariciar a distancia. Claude Bernard escribe: “El experimentador que se encuentra frente a fenómenos naturales se parece a un espectador que observa escenas mudas. De alguna manera es el juez de instrucción de la naturaleza; sólo que, en lugar de tener que ver con hombres que tratan de engañarlo por medio de confesiones mentirosas o de falsos testimonios, tiene que ocuparse de los fenómenos naturales que son para él personajes cuyo lenguaje y costumbres ni siquiera conoce y que viven en circunstancias que ignora, pero cuyas intenciones quiere descubrir. Para ello emplea todos los medios que están en su poder. (…) Hace suposiciones sobre la causa de los actos que se producen ante él y, para saber si la hipótesis que sirve de base a su interpretación es acertada, se las arregla para hacer aparecer hechos que, lógicamente, podrían ser la confirmación o la negación de la idea que ha concebido” (7). Así, en una familia con mascota, todos podrán comentar las costumbres del animal que convive con ellos cada día, su manera de comunicarse, sus distintas expresiones o incluso llegar a hablar de su “personalidad”. Sin embargo hay que ser prudente a la hora de sacar conclusiones porque, como decía Rousseau de los padres, quien sólo conoce a su mascota, tampoco la conoce a ella, y puede caer en el error de atribuir a la especie lo que en realidad es una particularidad de su ejemplar concreto. Más aún cuando la convivencia prolongada con humanos puede llegar a trastocar en el individuo hasta las más típicas notas de la especie.

“El poder sin abuso pierde su encanto”(8), decía Paul Valéry , y parece confirmarlo el abuso de poder que ha ejercido el hombre sobre los animales desde tiempos inmemoriales. El cachorro humano muy pequeño o muy caprichoso será violento con el animal díscolo a sus exigencias. En “Las cuatro etapas de la crueldad”, serie de grabados de William Hogarth publicados en 1751 (9), se retratan distintas etapas de la vida de Tom Nero, un personaje de ficción. En el primer grabado se ve a distintos niños y adultos torturando a animales (gatos, perros, pájaros). En el segundo, el joven Tom maltrata a su caballo, después pasa al robo y al asesinato, en el grabado titulado “La crueldad en su perfección”. En el último, “La recompensa de la crueldad”, Nero sufre el destino trágico que espera a los que han tomado su mismo camino: su cuerpo es trasladado desde el patíbulo al teatro anatómico y es mutilado por los cirujanos.”

William_Hogarth_-_The_First_Stage_of_Cruelty-_Children_Torturing_Animals_-_Google_Art_ProjectThe First Stage of Cruelty- Children Torturing Animals, William Hogarth, 1751.

Los grabados tienen una clara intención moralizante, como otras obras de Hogarth, que estaba horrorizado por los cotidianos actos de crueldad que presenciaba en las calles de Londres. Impresos en papel barato, estaban destinados a las clases bajas, menos pudientes y educadas. Su intención era la de corregir “el trato bárbaro a los animales, cuyo espectáculo convierte las calles de nuestra metrópoli en algo tan angustioso para cualquier mente sensible”. Hogarth amaba a los animales y es conocido su autorretrato con su perrillo, un pug o carlino. También tenía intención moral lo que decía un amigo mío pescador: la espina que se te clava en el cuello es la venganza póstuma del pez que te estabas comiendo.

Hoy parece en parte demostrado lo que denunciaba Hogarth en sus grabados: la violencia del niño con los animales es en potencia una violencia con los hombres… y, claro, las mujeres y los niños. Quizá anda metida en el asunto cierta curiosidad moral del niño, como de querer sentir a qué sabe ser cruel. Freud aventuró algunas teorías respecto a esta compleja cuestión. Darwin confiesa en sus memorias que en cierta ocasión, siendo niño, le hizo daño a un perrillo, algo de lo que se arrepintió el resto de su vida. Confesaré yo un episidio personal de crueldad infantil. Tendría yo 10 años y mi hermano 13, cuando una tarde de verano cazamos vivas tres lagartijas y construimos para ellas no un pesebre, sino un pequeño calvario sobre un montículo: las tres atadas con hilos a sus respectivas crucecitas, haciendo una de Cristo y las otras dos, un poco más atrás, de ladrones. Juegos de niño cruel, de niño torturador (“¡Hay tan pocos entretenimientos que no sean culpables!”, Baudelaire). Cuento esta horrible anécdota porque tampoco me ha abandonado el remordimiento de aquel sacrificio cruel, y para denunciar la educación católica a la que todavía están sometidos muchos pequeños. Pero también para iluminar con mi propia experiencia infantil esa tendencia a la crueldad gratuita y el aspecto de juguete de insuperable atractivo que tienen los animales. Con los animales salvajes (o no domésticos) algunos niños de mi generación, quizá no especialmente crueles, no teníamos ningún miramiento ni piedad, como si no tuvieran alma ninguna y, en algún sentido, representaran al mismo demonio (cuando hoy me parece bien claro que éramos nosotros los desalmados y no las pobres lagartijas). Uno no manda sobre sus propios remordimientos; para que nos creamos que mandamos sobre eso y otras cosas están los médicos de almas. La discontinuidad entre el hombre y la naturaleza es esencial al pensamiento cristiano. He conocido algunas deserciones de la fe católica motivadas por el mero hecho de que ésta no admita a los animales en el cielo (lo que sí hacían los egipcios en su más allá, al menos con algunos), y que se asegure tan alegremente que no tienen alma, aunque la palabra “animal” venga claramente del latín anima.

William_Hogarth_006Autoretrat de William Hogarth (1745)

El Tamagochi fue la primera “mascota robótica” para niños pequeños, algo de lo que se hicieran responsables sin el riesgo de que “se les muriera”. Una de las cosas que dibujada el niño autómata de Droz era un perro y hoy en día ya se venden robots con forma de can que escuchan y contestan a los niños. Es algo que cuadra con el pensamiento mecanicista que, respecto a los animales, ha dominado occidente durante mucho tiempo. Acostumbran a poner grandes ojos faltos de expresión a esos perricos-robot. En eso siempre serán superados por algunos animales. Adorno, en su inacabada “Teoría estética”, escribió : “Nada más expresivo que la mirada de un animal -sobre todo de un primate superior- que parece lamentar no ser humano.” Los ojos grandes del caballo, la vaca y otros animales les dan a su mirada un aire triste, triste para nosotros, pero a la vez, como observa Darwin: “El ganado vacuno y la ovejas son singulares por manifestar sus emociones o sensaciones en forma muy discreta, a no ser que se trate de un dolor extremo”. (10). Hay una estética del sufrimiento de los animales. No me refiero a los toros u otros espectáculos cruentos. Quiero decir que el que seamos piadosos con un animal depende en gran medida de que su expresión de sufrimiento nos sea legible como tal, que nos produzca a nosotros cierta compasión, y eso implicará todo el aparato simbólico y cultural (humanizante y deshumanizante) que llevamos incorporado. Si su llanto se nos antoja algo amenazador, parece que podemos matarlo o dejarlo morir sin que ningún remordimiento nos persiga. Hay cierta gradación en el parecido de los animales con los humanos, parecido que en gran medida depende de la expresividad de su mirada. Solemos simpatizar más con los animales que se nos parecen, sobre todo con los que se parecen a nuestros bebés: regordetes, con grandes ojos y la cara circular.

Es curioso que algunos niños sientan terror hacia los animales más inofensivos mientras que otros se comportan de manera temeraria con los más grandes y peligrosos, como si su carácter imprevisible y peligro potencial fuera uno de sus principales atractivos. Niños y niñas que sienten un miedo enfermizo que se puede prolongar toda su vida y del que no se les puede culpar, porque no es cosa que sufran voluntariamente. De Antonio Machado cuenta su hermano José que:

“No tuvo nunca gran simpatía por los animales, en general, y así se explica el poco interés que en él despertaban y el desagrado que aveces le causaban. Por lo que respecta a los perros, fue toda su vida enemigo declarado de ellos. Decía que era un animal de un servilismo verdaderamente repugnante. Que ladraba por todo y con gran preferencia por los desgraciados.

No tenía tampoco la mejor idea de sus amos. Pero además de ésto sentía ante estos animales el mayor pánico. Le aterraba la idea de poder ser mordido, pues a pesar de la continuas protestas de sus propietarios, creía que era mucho más fácil de lo que generalmente se imaginaban

Por eso, cuando algún dueño de estos animalitos le decía para tranquilizarle:

  • ¡No tenga usted cuidado, don Antonio! Que no muerde.

No lograba nunca calmarse.

Luego decía:

– ¡Claro, a él no le morderá, pero lo que es… a los demás! ¡Ojo!

[…] Y es que, en el fondo, tenía verdadero terror al pensar en el horrible mal de la rabia que estos animalitos propagan; por eso, algunas veces dejó de salir al campo por no encontrarse de improviso con algún perro. […]

Pero aunque no quería nada con la raza perruna, no le gustaba ver que nadie los maltratase.” (11)

Lo del servilismo de los perros lo encontramos en un aforismo de Karl Kraus, el gran satírico vienés: “Ninguna duda de que el perro es fiel. ¿Pero debemos por ello tomarlo como ejemplo? En realidad él es fiel al hombre y no a los perros.” (12) Es cierto que, debido a su legendaria fidelidad al Hombre y su dependencia de él, el perro parece menos autónomo (o libre) que otros animales, como el gato. Para Guy de Maupassant matar a un animal era un crimen tan grave como matar a un inocente: “Se jugaba a ser soldado de una punta a otra del país […] Se ejecutaba a inocentes para demostrar que se sabía matar; se fusilaba […] a los perros callejeros, a las vacas que rumiaban en paz, a los caballos enfermos que pasturaban en la hierba.” (13) Baudelaire recomendaba ir a la puerta de los colegios a regalar juguetes: “Luego, sus manos agarrarán vivamente el regalo y echarán a correr como los gatos que van a comerse lejos la tajada que les disteis, porque han aprendido a desconfiar del hombre.” (Baudelaire). He aquí de nuevo la analogía entre el niño y el animal. El Juan de Mairena de Machado subraya esa última idea: “Ese animal no huye de ti, huye del Hombre.” (14) Efectivamente, huye del Hombre como especie. Me impresionó una noticia del periódico sobre un grupo de biólogos que hace unos años entraron por primera vez en territorio inexplorado de Papúa Nueva Guinea. Al encontrarse con una aves del paraíso y otros animales exóticos (nunca vistos hasta ese momento), les sorprendió que estos no huyeran de ellos, sino que, al contrario, se acercaran con confiada curiosidad, parecida a la de los mismos científicos que se disponían a clasificarlos y raptarlos, quizá, como ejemplares científicos de su especie. Poner nombre a las cosas es una primera y fundamental forma de sometarlas: le pongo un nombre para confirmar que es mío. Los padres se apresuran a buscarle un nombre al bebé que todavía no ha nacido.

Museu de la Catedral de Girona Tapis de la creacióTapís de la creació, s. XI, Girona

Recuerdo también la película “Humberto D.”, de Vittorio de Sica, en que el protagonista tiene la intención de suicidarse con su perrillo, que al escapar de él in extremis le salvará la vida y, finalmente, será su único motivo para seguir viviendo. Adorno dice en algún lugar que para tener apego a la vida basta con el movimiento de la cola de un perro que se alegra de vernos. Que lo de verdad difícil para la sensibilidad humana es ser nihilista, ser consciente del sufrimiento evitable (tanto humano como animal) que se produce en el mundo por motivos inhumanos.

Freud ve otro parecido entre niños y animales: su (aparente) narcisismo natural, y asocia esto con el atractivo de la figura del criminal o del humorista: “Resulta, en efecto, fácilmente visible que el narcisismo de una persona ejerce gran atractivo sobre aquellas otras que han renunciado plenamente al suyo y se encuentran pretendiendo el amor del objeto. El atractivo de los niños reposa en gran parte en su narcisismo, en su actitud de satisfacerse a sí mismos y de su inaccesibilidad, lo mismo que el de ciertos animales que parecen no ocuparse de nosotros en absoluto, por ejemplo, los gatos y las grandes fieras. Análogamente, en la literatura, el tipo de criminal célebre y el del humorista acaparan nuestro interés por la persistencia narcisista con la que saben mantener apartado de su yo todo lo que pudiera empequeñecerlo. Es como si los envidiásemos por saber conservar un dichoso estado psíquico, una inatacable posesión de la líbido, a la cual hubiésemos tenido que renunciar por nuestra parte.” (15)

A las típicas estrellas de cine no se les pide que actúen, sino que simplemente sean. Por eso se dice que tienen miedo de actuar junto a un animal o un niño, porque éstos gozan de ese narcisismo natural que comenta Freud, mientras que el suyo es más débil, está dañado por los reveses de la vida, por la siempre traumática adaptación del individuo al mundo adulto.

“La felicidad, idea animal.

Esta palabra no tiene sentido más que animal.

El organismo feliz se ignora.” (16)

Quizá por ese narcisismo suyo el gato, como vio Baudelaire, también es buen juguete metafísico para adultos introspectivos:

Des grands sphinx allongé au fond des solitudes,
Qui semblent s’endormir dans un rêve sans fin;”

(…grandes esfinges estirándose al fondo de las soledades,
que parecen dormirse en un sueño sin fin;)

Charles Baudelaire: Les Chats.

Los animales domésticos, como los totémicos que estudió Lévi-Strauss, no son siempre buenos para comer; lo que es seguro es que son buenos para pensar.

En fin, se les llama animales de compañía, porque la compañía que hacen es indudable. Parecen demostrados los beneficios de la presencia en el hogar de un animal para la salud de los humanos. Incluso se han propiciado algunas parejas extrañas de animales en cautividad porque la mutua compañía que se hacen reduce el estrés de los huérfanos que han de criarse fuera de su entrono habitual. Hay muchos vídeos de esas extrañas parejas en internet. Y eso me recuerda que, como apunta R. S. Ferlosio en algún lugar, una de las mejores imágenes que ha dado la literatura y la iconografía occidentales, si no la mejor, de la paz universal ha sido la de la paz entre todos los animales, sobre todo entre los que por naturaleza son enemigos los unos de los otros.

Así recogía esa imagen de la tradición religiosa Valle-Inclán, escribiendo en una de sus claves líricas (17):

Bajo la bendición de aquel santo ermitaño

el lobo pace humilde en medio del rebaño,

y la ubre de la loba da su leche al cordero,

y el gusano de luz alumbra el hormiguero,

y hay virtud en la baba que deja el caracol,

cuando va entre la yerba con sus cuernos al sol.


Notas.

[1] Johan Huizinga: Homo Ludens. Amsterdam 1938. Alianza Editorial/Emecé Editores, Madrid, 2011. Trad. Eugenio Imaz Echeverría.

[2] Jérôme Carcopino: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio. París 1939. Círculo de lectores. Trad. de Mercedes Fernández Cuesta.

[3] Claude Lévi-Strauss: Tristes trópicos. París 1955. Paidos Ibérica. Barcelona 1988. Trad. de Noelia Bastard.

[4] Isabel Escudero: Coser y cantar. Zamora. Editorial Lucina 1997.

[5] Anselm von Feuerbach: Gaspar Hauser. Un delito contra el alma del hombre. Nurenberg 1832. Asociación Española de Neuropsiquiatría. Madrid 1997. Trad. de Guillermina Sabadell y Julian Mateo.

[6] Charles Darwin: La expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Londres 1873. Alianza Ed. Madrid. 1984. Trad. de Tomás R. Fernández Rodríguez.

[7] Citado por Pierre Bourdieu: Un arte medio. Ensayos sobre los usos sociales de la fotografía. Paris 1965. Gustavo Gili. Barcelona 2003.

[8] Paul Valéry: Tel quel. París. Gallimard 1943.

[9] William Hogarth: The Four Stages of Cruelty. Londres 1751. Los grabados fueron realizados en madera por J.Bell y publicados en febrero de 1751, cada uno acompañado de un comentario moralizante del reverendo James Townley, amigo de Hogarth.

[10] Charles Darwin: La expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Londres 1873. Alianza Ed. Madrid. 1984. Trad. de Tomás R. Fernández Rodríguez.

[11] José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José. Madrid. Forma Ediciones 1977.

[12] Timms, Edward: Karl Kraus, satírico apocalíptico. Cultura y catástrofe en la Viena de los Habsburgo. Madrid. Ed. Visor 1990. Trad. de Jesús Pérez.

[13] Guy de Maupassant: Boule de suif et autres histoires de guerre. París. Flammarion, 1991.

[14] Antonio Machado: Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936). Madrid. Alianza Editorial, 1993.

[15] Sigmund Freud: Introducción al narcisismo, 1914. Barcelona. Orbis Ed. 1988. Trad. Luis López Ballesteros.

[16] Paul Valéry: Tel quel. Paris, Gallimard 1943.

[17] Ramón del Valle-Inclán: Aromas de leyenda. Versos en loor de un santo ermitaño (1907). Clave VIII de las Claves líricas, Ave Serafín – primera estrofa.


Biografia.

Félix Pérez-Hita és llicenciat en Història de l’Art per la Universitat de Barcelona. Actualment escriu i dirigeix, juntament amb Andrés Hispano, Soy Cámara (el programa del CCCB) per a TVE2. És membre fundador de l’associació Horitzo.tv, així com del projecte educatiu Tvlata (Bahía, Brazil). Va coordinar la creació del canal de televisió per Internet ZEROTV (MACBA) i va comissariar una secció per a l’exposició “Esteu a punt per a la televisió” (MACBA 2010-2011). Va ser coguionista (amb A. Hispano) i editor del programa Boing Boing Buddha per a Btv (2001-2004), així com de Baixa Fidelitat (XTLC) i d’una quinzena de documentals per a Btv. Va co-dirigir (amb A. Bastón i K. Grau) “Gabinete de Crisis: un programa de televisión que no verá en tv.”. Imparteix classes d’Història del cinema a l’Escola Superior Elisava de Barcelona i col·labora amb el suplement “Cultura/s” del diari La Vanguardia i amb la publicació “Estado Mental”, entre d’altres

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